lunes, 22 de diciembre de 2008

LA FALLA


“Puede que con el tiempo descubriréis todo lo que queda por descubrir, más vuestros avances serán un avanzar en dirección inversa a la de la humanidad. Un día, un abismo entre vosotros y la humanidad será tan inmenso que vuestros gritos de júbilo por haber hecho algún nuevo descubrimiento, serán contestados por grito universal de angustia.”[*]
Bertold Brecht, Galileo Galilei (1943)




Gunther Braunfels miró su reloj de pulso, pero tuvo que hacerlo de nuevo porque debían ser las seis de la tarde y señalaba las cuatro. Sin embargo, había vuelto a mirar el reloj, no porque creyese que estuviera parado –era de marca inmejorable-, sino porque lo había mirado una hora antes, más o menos, cuando sus demás compañeros de oficina se habían retirado, y estaba seguro que entonces marcaba unos minutos después de las cinco. Tampoco dudaba que no lo había tocado para darle cuerda, ni lo había golpeado accidentalmente, ni nada que justificase el atraso que mostraba. «Ningún reloj retrocede así -pensó- porque una cosa es retroceder y otra atrasarse». La ida dio vueltas en su mente pero, como no halló explicación lógica y consideró que el asunto no tenía mayor importancia, se encogió de hombros, en gesto resignado, y continuó trabajando sobre su hoja de contabilidad. Estaba atrasado y por eso se había quedado. En un par de horas habría terminado y se iría tranquilo, ya que no le agradaba que la infinidad de números que manejaba diaria­mente se le acumulara anacrónicamente y lo confundieran, ocasionándole una de esas terribles jaquecas que de vez en cuando lo atacaban y contra las que no había medicamentos que se las atenuara. Además, era hombre organizado, como todo alemán, quizá por ese espíritu militar que poseen como una reliquia ancestral y que disciplina sus actos con la geométrica simetría de los alvéolos de una colmena.

Terminó su labor y, satisfecho, se arregló el nudo de la corbata y ya se disponía a marcharse cuando miró de nuevo su reloj; marcaba las dos de la tarde, aunque debían ser alrededor de las ocho y media. Esta vez Brunsfels se desconcertó realmente. Se rascó la cabeza y se quedó viendo el reloj. Primero su mente estaba como una tábula rasa, por la repetida sorpresa, pero recuperó la lucidez y notó entonces que el segundero giraba en sentido contrario. Entonces se dirigió al cronómetro de la máquina reasistencia del personal y vio que indicaba las ocho y treintidós. Por vez primera se quitó el reloj y, al tratar de sacar la corona para colocar las manecillas en la hora correcta, se dio cuenta de que era imposible hacerlo; trató varias veces pero la corona permanecía inamovible. Suspiró, se puso el saco y calculó que, si se apuraba, llegaría a tiempo donde Gorrichá­tegui, el gallego orfebre y relojero que le había diseñado y fabricado el costos pulso de oro que llevaba, quien acostumbraba quedarse en su taller después de la hora normal de cierre. Abordó su auto, se apuró un poco más de lo permitido por la ley y llegó a su destino sin contratiempos, lográndose esta­cionar exacta­mente frente al establecimiento, porque casi todos los empleados habían abandonado ya ese sector comercial de la ciudad. Entró rápida­mente por la media hoja de puerta que todavía estaba abierta y saludó al hombre viejo y arrugado que ya lo miraba detrás del mostrador y que se arrugó aún más cuando sonrió para dar la bienvenida a su cliente, extendiéndole una mano enorme pegada a un brazo simiesco, lo que resultaba contradictorio para su oficio, en cuya ejecución lograba verdaderas filigranas de miniarte áureo.

Braunfels, en un español sin acento, le dijo:
-Cómo va todo Gorri –así lo llamaba siempre porque su amistad era de años-, te traigo el reloj no porque se haya parado, si no porque le ha dado por retroceder; es decir, que no avanza y marca las horas hacia atrás. Además, está atascado; no puedo hacer girar las manecillas.
- El viejo arrugó aún más el ceño -era una verdadera ciruela pasa- y respondió:
-Estarás bromeando, porque eso es imposible. Los engranajes de ningún reloj retroceden, a menos que hayan sido hechos con ese propósito y eso sería absurdo; nadie pediría un mecanismo así, a menos que sea con un fin especial. Y te agrego que si marchó hacia delante una vez, no puede empezar a retro­ceder ahora.
-Bueno, no es broma –replicó Braunfels-, las cosas son como te he dicho; ábrelo y te lo ruego que me lo tengas listo para mañana temprano, porque sabes que me es impres­cindible. Llámame mañana apenas esté; lo vendré a buscar enseguida.
Estrecharon las manos nuevamente y Braunfels se retiró pensativo, mientras el viejo se le quedaba mirando cuando se alejaba, con el reloj en la mano izquierda todavía, moviéndola de arriba hacia abajo, lentamente; sonreía otra vez, pensando en las curiosas palabras de su cliente.

El carro de Braunfels se deslizó ahora pausadamente por la extensa alameda que llevaba directamente al edificio donde residía, frente al mar. Ya los astros dominaban de nuevo el firmamento, en su eterna batalla en la que siempre pierden y siempre vuelven a ganar. La brisa blanda y salobre desordenó los leonados cabellos del alemán, cuando cerraba el auto, y todavía lo alcanzaba cuando subía corriendo las escaleras. A los 40 años, mantenía aún una atlética agilidad, porque no había dejado de practicar gimnasia, consciente del grasoso futuro que le esperaba como oficinista, de no hacerlo.

Braunfeld salió del baño en toalla y entró al dormitorio –había alquilado un apartamento amoblado- y se estaba poniendo el pantalón de pijama, cuando el corazón le dio un vuelco: su reloj de pulso estaba colocado donde siempre lo hacía cuando se despojaba de él, encima de la mesita de noche, al lado del libro de turno que estuviera leyendo. Fue rápidamente hacia él y tomándolo, en actitud puramente mecánica, atónito, vio que indicaba la una. Había pasado alrededor de una hora, desde que salió de la oficina, fue donde el relojero y regresó a casa. Eran realmente las 9:35 p. m., pero a Braunfels lo que menos le importaba en ese momento era la hora. Estaba seguro de haber llevado el reloj a componer, pero instintivamente marcó el número de la joyería y tuvo suerte, porque el gallego no se había ido todavía y le respondió la llamada con su inconfundible voz, que parecía la de un niño con faringitis aguda; así le había quedado desde la guerra civil española, allá por los años 36 al 39, cuando permaneció cuatro días en una trinchera, revuelto entre una tos contenida, espasmódica, para que no lo oyera, y sus propias defecaciones. La metralla era incesante y estimaba mucho la vida, para asomar la cabeza.

Braunfels le arguyó:
-Maldita sea, Corri, creo que es culpa nuevamente, de ese coñac que siempre me das cuando paso por allí, pero no escarmiento. Parece que lo hubieran destilado en los mismos toneles del infierno, porque se me sube enseguida y hasta me produce amnesia últimamente. La otra vez ocurrió lo mismo, pero fue un olvido sin importancia. Ahora te llamo porque no me acuerdo si te llevé o no mi reloj, o si se me olvidó dejártelo cuando me fui, porque aunque estoy casi seguro de habértelo llevado, lo tengo aquí conmigo. Es el maldito coñac -insistió-.

-Amigo –respondió el joyero- has estado tomando demasiado, es cierto, pero te garantizo que no ha sido mi coñac de Burdeos, porque no has pasado por aquí desde la semana pasada, cuando te entregué mis libros atrasados, de modo que estuvieran listos para fin de mes y no fuese a tener problemas con el auditor del Gobierno. Despabílate, hombre –le dijo alegremente- y trata de recordar en qué taberna te metiste. La borrachera fue seria, por Dios…

Braunfels permaneció en silencio por un buen lapso, hasta cuando el «hola, hola» del relojero, desde el otro lado de la línea, lo volvió a tierra desde su confusa nebulosa. El alemán, perplejo, musitó:
-Ah, Gorri, sí estoy aquí, excúsame. Te juro que si no estuve contigo, no he estado tampoco en ningún otro sitio que recuerde. Lo serio no es la borrachera, si no esta amnesia que me borra todo. Esta clase de goma es nueva para mí, y no me gusta. En verdad, no pudiera afirmar ni siquiera que tomé unos tragos, a pesar de que tengo una botella de «Legnisac» a medio beber, encima de la mesa de trabajo; desde aquí la estoy viendo, pero te vuelvo a jurar que no me acuerdo.

El gallego hizo una pausa y dijo:
-Braunfels, entonces has estado trabajando más de la cuenta. Tienen que ser tus nervios. Tú fuiste estudiante de medicina y sabes mejor que yo las malas pasadas que suelen hacerle a uno. ¿No recuerdas aquel caso que me contaste, de aquella adolescente que se produjo, por autosugestión, una flictena -después me explicaste lo que significaba el término, una ampolla-, cuando el hipnotista le sugirió que iba a tocarla con un hierro candente, aunque lo hizo con uno frío? Contigo he aprendido mucho, mi amigo, y ahora no hago más que repetirte tus propias enseñanzas. Sabes que soy un viejo ignorante, pero a mis setenta años todavía no he cerrado mi mente a las cosas nuevas de este mundo sorprendente. Por eso te recomiendo que tomes un somnífero enseguida, si lo tienes a mano, para que duermas temprano y largo.

El alemán le dio las gracias y cerró. Pero una terrible y obsesiva idea fue germinándole. Miró de nuevo su reloj de pulso y ya señalaba las 12:30 p. m. (¿del día o de la noche?, en su girar retrospectivo. Entonces se levantó y fue a mirar el reloj de pared que estaba en la sala y marcaba las 10:30 p. m. Se acomodó en el mullido sofá de terciopelo rojo y se negó a pensar en el asunto como aparecía, optando por buscar lo que podía ser la raíz del problema. Había decidido aguantar que su reloj de pulso retrocediera hasta coincidir, exac­ta­mente, con el reloj grande que, a su vez, avanzaba con normalidad. Era hombre de números y se puso a deducir. En una hora -pensó- su reloj de pulso indicaría, retros­pec­tivamente, las 11:30 p. m., más o menos; entonces el reloj de la sala señalaría, avanzando, esa misma hora, coincidiendo ambos relojes. Consideró que ese momento coincidental sería decisivo, no sabía por qué , pero lo intuía. Observando el tiempo que estipulaban, ahora, los dos relojes, calculó que el instante-cero devendría, sin equívocos, a las once horas veintiocho minutos y treinta y seis segundos, a partir de esta última vez que miraba ambos relojes. Permaneció sentado esperando y, en lugar de contar los agresivos segundos que en un reloj avanzaban y en otro retrocedían, se le ocurrió ponerse a calcular la cantidad de latidos que contraerían su pulso, hasta que llegara el instante-cero así ensayaría sus matemáticas y se entretendría. Lo primero que hizo fue contar sus pulsaciones por minuto para obtener el número básico. Luego no hizo nada, porque se durmió profundamente sin darse cuenta.

El sol se deslizaba por los intersticios de las ventanas cuando el frenético timbre del telé­fono despertó a Braunfels, al principio en duermevela -el sueño era pesado-, luego total­mente. Abrió los grises ojos y, maquinalmente, levantó el aparato.

Era el joyero para decirle que podía pasar a buscar su reloj antes de irse para la oficina.

El alemán sonrió, porque no se acordó de nada.
El instante-cero había llegado mientras dormía.
Cuando se fue a afeitar observó que había envejecido algo, pero era normal -creyó-.

Había ocurrido una falla en el tiempo, que se había atrasado y adelantado simultáneamente; por eso Braunfels llegó tranquilo a su oficina olvidándose hasta de su propia amnesia.



Nota: Este cuento aparece publicado en el número 61, de la Revista Humboldt, 1976, en Munich, Alemania.



[*] Epígrafe del editor de la Revista Humbold.

jueves, 18 de diciembre de 2008

SARIGUA (soneto ecológico)

Miras al bosque, mas no ves qué pasa.
Crece el desierto, por tu mano ciega.
Lento arenal donde el verano riega
lava solar que a la raíz arrasa.

Miras la tierra y tu impiedad traspasa
hojas que sufren su mortal entrega.
Miras y quemas. Todo se les niega,
arden los prados, fuiste tú la brasa.

(Sombra de árbol, una vez gozoso,
sombra en cenizas, cuando el sol enhebra
redes de ausencia, mallas de calor.

Seco el camino, solo, pedregoso,
lejos y tanto que la vil culebra
reina en la noche en vez del ruiseñor.)