La muerte nos derrota a contracielo
pues sabe frutecer bajo la tierra,
quizás como otro amor que nos encierra
en rara soledad de barro y yelo.
La muerte, que camino bajo el suelo,
se sabe los senderos, nunca yerra,
no va a los cementerios, pero aterra
al vuelo de los pájaros sin vuelo.
La muerte nos conoce desde niños
y escribe nuestros pasos -cada uno-
en libros de silencio vegetal.
Y llega con su flaco desaliño,
nos toca y desencuerpa y a ninguno
le consta si pasó por el portal.
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